Uno de los objetivos de cualquier narración es evocar mediante palabras algo que apele al sentido del color en el lector, o a su sentido del contorno, o del sonido, o del movimiento, o a cualquier otro sentido de la percepción, a fin de grabar en su mente una imagen ficticia que adquiera para él la misma viveza que un recuerdo personal. Para componer esas imágenes vívidas el escritor dispone de una amplia gama de recursos, desde un breve símil hasta una compleja y trabajada metáfora.
Veamos algunos ejemplos extraídos de la novela Ana Karénina (1877), de León Tolstoi, una de las grandes obras maestras de la literatura universal. Uno de los rasgos de inconmensurable genio del escritor ruso es la absoluta realidad de sus novelas, la sensación de que Tolstoi pone ante nuestros ojos un mundo real en todos sus detalles, un mundo de percepciones y sentimientos que nos atrapa desde el primer instante y con el que nos sentimos totalmente familiarizados. Para ello, Tolstoi recurre a comparar los hechos vividos por los personajes con situaciones con los que todos nosotros, en mayor o menor medida, nos sentimos identificados:
“Pero para Liovin era tan fácil de reconocer entre la multitud como un rosal silvestre entre ortigas. Ella parecía iluminarlo todo, parecía una sonrisa que hiciera refulgir todo en torno suyo. El lugar donde se encontraba Kitty se le apareció como un santuario... Bajó a la pista, evitando mirarla prolongadamente, como si se tratase del sol; pero, al igual que ocurre con el sol, la veía sin mirarla.”
Podemos observar la acumulación de metáforas. A base de estas comparaciones logra transmitirnos la sensación de que el joven enamorado no puede apartar la vista de la muchacha Kitty, quien absorbe toda su atención.